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Muchos mallorquines al pasar por Son Sardina, hayan cruzado hacia la carretera de Valdemossa, por la calle que bordea el pueblo, quizás se hayan fijado en que dicha calle lleva el nombre de Pedro Sans Garau. Yo tengo que reconocer que durante años pasé por esa calle y desconocía totalmente a quien estaba dedicada la calle por la que transitaba, lo cual nos suele suceder a todos en muchas ocasiones. Cual no fue mi sorpresa, cuando hace ya algunos años, una buen amigo, estudioso de la historia naval y náutica me ilustró sobre quien fue, el Capitán de Navío, Pedro Sans Garau.

Siempre he dicho que Mallorca a pesar de ser una isla, ha vivido siempre de espaldas al mar. Es un hecho curioso, porque normalmente, las islas, por el mero hecho de serlo, suelen ser una tierra en la que abundan los marinos, tanto los ilustres como los desconocidos. En Mallorca no han abundado, si es cierto que hemos tenido y tenemos, pero comparándonos con otras regiones de España vamos muy a la zaga. Quizás nuestro más ilustre hombre de mar sea, que duda cabe, el Teniente General Barceló (llamémosle General y no Almirante porque en su época ese rango no existía), a cuyas hazañas algún día dedicaremos también estas líneas. Sin embargo, estoy segura que si nos ponemos en cualquier calle de Mallorca, cerca o lejos de un puerto y preguntamos a los transeúntes que nos digan tres nombres de marinos mallorquines o incluso de toda Baleares, estoy segura que, a excepción del nombre de Barceló, pocos más sabrán citar. Eso lo provoca, la falta de cultura marítima que para nada se ha desarrollado en unas islas, que como he dicho y vuelvo a repetir viven de espaldas al mar que las rodea y que es la fuente de su propia vida.

Pues bien, Pedro Sans Garau, era marino y en su época no fue un marino cualquiera ya que como Capitán de Navío llegó a ser el Comandante del Acorazado España, uno de los tres únicos acorazados que ha tenido la Armada Española a lo largo de su historia. A su vez, Pedro tuvo la mala fortuna, la peor para cualquier navegante, de ser testigo de la perdida de su barco, ya que, por desgracia, bajo su mando se perdió, por embarrancamiento, debido a un denso banco de niebla, el Acorazado España, en el Cabo Tres Forcas, al norte del antiguo Protectorado español de Marruecos, y en el que se ubica, a levante de su parte final, la ciudad de Melilla.

Después del desastre naval de 1898, la Armada quedó circunscrita a un lote de mediocres navíos que con todos sus defectos, que eran muchos, tuvieron la virtud de permitir conservar las tradiciones de nuestra milenaria Armada, ya que, pese al cierre de la Escuela Naval en 1909 en aquellos vetustos barcos se adiestrarían los futuros oficiales que liderarían el renacer de la Armada con la llamada Ley de Escuadra, que fue la que permitió la construcción del España que mandó nuestro ilustre Pedro Sans.

El España, tuvo dos hermanos gemelos, el Alfonso XIII y el Jaime I, estos barcos que esencialmente fueron un tipo reducido del por aquel entones barco modelo en las armadas internacionales, el famoso HMS Dreadnought británico barco que marcó un antes y un después en la ingeniería naval, resultaron ser los barcos de esa clase más pequeños del mundo, al igual que, paradójicamente, las actuales Fragatas de la clase Álvaro de Bazán son los barcos con el sistema de combate AEGIS más pequeños del mundo. Podemos decir que en su época, para la Armada Española contar con esos tres acorazados supuso un hecho similar a contar hoy en día, con tres portaaviones nucleares o tres submarinos lanzamisiles.

En su tiempo, tuvieron sus defensores y sus detractores, enconados, como siempre sucede en España, pero hay que reconocer que fueron unos barcos únicos en su género. Resultaron unos buques muy logrados, ya que  a pesar de ser los Dreadnoughts más pequeños del mundo, porque nuestros puertos y nuestro presupuesto no daban para más, como casi siempre, iban tan artillados y equipados como cualquiera de sus camaradas extranjeros mayores en tonelaje.

Es por ello que, cuando en noviembre de 1923, se perdió el España en Tres Forcas, supuso una perdida del treinta y tres por ciento de la flota acorazada de la Armada. La quilla del España fue puesta en grada el 5 de febrero de 1909, se botó al agua exactamente tres años después, amadrinado por la Reina Victoria Eugenia, entregándose a la Marina en octubre de 1913, este año se cumplirán cien años de ello.

Teniendo en cuenta que el último de los hermanos, el Jaime I no se incorporó a la flota hasta septiembre de 1921, en realidad la existencia efectiva del grupo de tres acorazados fue muy efímera. El 26 de agosto de 1923, el España embarrancó frente al Cabo Tres Forcas y todos los intentos de liberarlo de las rocas que lo aprisionaban fueron infructuosos. El pobre acorazado, con una larga brecha en su pantoque, por la banda de estribor, quedó atrapado en las rocas y así continuó durante muchas semanas. A la vista de los inútiles esfuerzos se decidió recuperar todo el material útil, incluidos los cañones de 305 milímetros, los cuales recuperó el buque de Salvamento de Submarinos Kanguro. Finalmente, los grandes temporales que tuvieron lugar en noviembre del mismo año, terminaron la larga agonía del pobre acorazado, que acabó destruido y hundido irremisiblemente.

Muchos se preguntarán cómo es posible que sucediera tal cosa, con un barco, moderno y tan grande. Bien hay que tener en cuenta que hasta la invención del radar, la niebla era el peor enemigo de los navegantes, e incluso así, aún es muy peligrosa. En la época del hundimiento los barcos no contaban con ninguna de las modernas ayudas a la navegación y los partes meteorológicos no eran muy fiables. Eso sucedió con el España, se informó al Comandante Sans Garau de que en la zona no había niebla, circunstancia que no fue real, ya que se encontraron con un densísimo banco de niebla que provocó el embarrancamiento sobre el peor fondo en el que puede ocurrir, el fondo de roca. Acudieron varios barcos a la llamada de ayuda y el Comandante Sans adoptó todas las precauciones exigibles dadas las circunstancias. Pero, los barcos que acudieron no pudieron hacer más que rescatar a los 850 tripulantes que gracias a la diligencia y pericia marinera del Capitán de Navío Don Pedro Sans Garau no sufrieron una sola baja.

En abril de 1924, se sometió a un Consejo de Guerra al Capitán de NavíoPedro Sans Garau en Cartagena, el cual se constituyó al amparo de la Jurisdicción de Marina vigente en aquel momento. Una vez que se hubo presentado el caso y declarado los testigos se exoneró al Comandante del España de toda responsabilidad en el naufragio, exoneración que fue también solicitada y apoyada por el propio fiscal actuante. El comandante Sans siguió prestando servicio en la Marina hasta su retirada definitiva algunos años después

En los años 50 del siglo pasado, una empresa recibió el permiso de aprovechamiento de lo que quedaba del Acorazado España, que fue volado, y su chatarra, que era de muy buena calidad, fue aprovechada en varias factorías siderúrgicas.

Hoy en día, un centro de buceo de Melilla realiza excursiones con aficionados a las inmersiones históricas, para visitar, los restos del acorazado aún existentes, en su última morada.

En fin, como decían los romanos, Sic Transit Gloria Mundi. Pero nosotros, pronto, seguiremos hablando de otros marinos mallorquines, conocidos y desconocidos.

Autora: Marilena Estarellas