Capítulo 8   EL BARCO FANTASMA


Trinquete observaba inquieto y sonriente las evoluciones del compás de puntas que manejaba su tío mientras terminaba de hacer unos cálculos en la carta náutica.
- Pensarás que soy un retrógrado porque a veces abandone la electrónica y
utilice mis instrumentos tradicionales, dijo Botalón frunciendo el ceño al ver la cara de su sobrino, pero, como sabes, también me siento a gusto navegando a lomos de la …
- ¿Memoria histórica?
- Pues sí, Trinquete, y a pesar de tu guasa, justo es ella la que nos ha traído aquí.
El Thalassa, manejado por el piloto automático, navegaba cómodamente amurado a babor, rumbo a su puerto base después de pasar el fin de semana en las aguas del mar Mediterráneo. La cubierta estaba húmeda por el aire de la pronta amanecida que sutilmente aclaraba por estribor  y una bruma empezaba a formarse por la proa.
- Vamos a la bañera que la bruma cerrará pronto y hay que estar atentos.
- Y ¿cómo sabes que se formará niebla? , dijo preguntando atropelladamente
Trinquete mientras subía a cubierta.
Botalón, ya sentado en la bancada de babor y encasquetándose un gorro polar de lana le dijo sonriendo vengativamente y sin alzar la voz:
- ¿Por qué no se lo preguntas a tu querido GPS? Aunque después ,con una
entonación de arrepentimiento por la musitada respuesta, le concretó:
- Lo notas por varias cosas a parte de por la diferencia de temperatura del
aire y del agua del mar.
Fíjate en la condensación de las superficies lisas. Observa, por ejemplo, el barniz de la brazola de la escotilla o el inox de los candeleros.
Otros detalles son el efecto de halo que se produce en las luces ; por lo húmedo y pegajoso que está el aire, por …
¡Corre, conecta el radar!, dijo impetuoso Botalón, allí hay un barco.
- ¿Dónde?  Contestó el sobrino escrutando el horizonte.
- Por la amura de babor.
- Ya, ya, pero no lo veo.
- Mira en esta dirección dijo Botalón indicando con la mano y no apartes la
vista del horizonte hasta que veas las oscilantes luces.
Trinquete inmóvil, atento sólo al telón gris de la bruma que iba lentamente ocultando la lejanía, se esforzaba en descubrir al intruso. Al rato exclamó:
- ¡Allí las veo! ¡Una roja y una blanca, tan débiles que apenas se aprecian!
En el lapso de una hora el entrometido ya aparecía como una intermitente sombra tenebrosa que emergía silenciosamente entre las olas para al cabo de un brevísimo instante desaparecer misteriosamente.
Parece un barco fantasma,pero…    Maestro, ¿Hay barcos fantasmas?
- Trinquete, ya sabes que la mar siempre ha inspirado temor al hombre y éste
ha provocado que se inventen leyendas que han llegado hasta nosotros. La de los barcos fantasmas es un clásico y está presente entre los mitos de los marineros; pero se ha dado el caso de que un barco real haya sido avistado después de que supuestamente se haya hundido o que se ha encontrado flotando sin tripulación a muchas millas de donde presuntamente había desaparecido.
- Tío, dijo Trinquete con un gesto de oración, cuéntame una de esas historias, por favor.
- Bien, contestó ajustándose el cuello del chaquetón Drenec, pero te cuento sólo hasta que avistemos la costa.
- ¡Bien ,señor ,bien! , dijo Trinquete sonriendo y simulando un saludo militar.
Comienza la historia en el año 1.914 cuando en Suecia un robusto casco de acero de 1.322 toneladas con una alta chimenea apopada se deslizaba por las gradas del astillero. Su vida podría ser la de tantos cargueros costeros de la época pero el Amer Bonalfan, por causa de la primera guerra mundial, tiene ahora un frío y triste lugar en la historia naval.
Tras la contienda fue entregado por Alemania a Inglaterra como indemnización de guerra y lo primero que hicieron los ingleses fue cambiarle el nombre bautizándolo como Baychimo y por ese nombre es conocida su leyenda.
 

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Su casco resistente, su alta y larga proa señalaron su destino ya que lo dedicaron para navegar en un mar plagado de icebergs y banquisas de hielo. Cumplió su ruta en el mar de Beaufort, una de las zonas de navegación más traicioneras del mundo, año tras año dedicado al comercio de las pieles que los esquimales vendían a cambio de víveres y otras mercaderías en los territorios del noroeste canadiense.
El 6 de julio de 1931 inició su último penoso periplo anual en Vancouver.
 

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Envuelto en la débil y brumosa luz del sol que nunca se pone y tras llenar sus bodegas con las pieles de su último fondeo en la isla Victoria su capitán ordenó aliviado regresar de nuevo a su punto de partida para completar así su recorrido porque parecía que el invierno se adelantaba ya que solo quedaba un estrecho pasillo de aguas navegables.
Tras una noche de violentos helados vientos el estrecho paso se cerró en pocas horas dejando el 1 de octubre al Baychimo atrapado por la masa helada a casi una milla de la costa de Barrow, una pequeña aldea de Alaska.
Se acercaba imponente una violenta tormenta de nieve por lo que se decidió refugiarse en la aldea. La travesía se les hizo eterna bajo la ya rugiente tempestad.
En las cabañas permanecieron atrapados dos días pasando un frío espantoso y sin dejar de pensar en su barco apresado por los hielos crecientes cargado con una auténtica fortuna que se les escapaba de las manos  y en la noche polar que se acercaba.
 

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La tormenta cesó de repente, el hielo comenzó a debilitarse; avanzaron hacia el cercano Baychimo y se lo encontraron liberado; con los hielos apartados de su casco estaba flotando tranquilamente. De la incredulidad pasaron al entusiasmo y rápidamente embarcaron para proseguir su marcha al oeste.
No podían imaginar su buena suerte, pero a los pocos días otra vez fue detenido por otra gruesa banquisa. Aunque a las poca horas se liberó nuevamente, este sería el tenor del lento caminar del desgraciado barco hasta que el 15 de octubre  se paralizó definitivamente por una tenaza de hielo y ante la imposibilidad de liberar el barco el capitán lanzó mensajes de socorro por su estación de TSH.
Dos aviones rescataron a 22 hombres mientras los restantes 14 voluntarios y el capitán se quedaron a bordo para tratar de poner a salvo la valiosa carga.
 

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Como sabían que la espera podía ser larga hasta que aflojase el hielo, y temiendo que se rompiese el casco como una cáscara de nuez por la presión de los hielos, desembarcaron y, con las maderas del barco, construyeron un refugio seguro en la cercanía del buque.
 


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El 24 de noviembre se levantó una terrible tempestad. El gélido viento de 60º bajo cero silbaba impetuosamente por las pocas hendiduras de su sólido refugio ;gracias al acopio de leña y a la estufa del salón del comedor del barco que instalaron, no murieron congelados.
Cuando volvió la calma y salieron al exterior  todo había cambiado; donde antes había estado el Baychimo había una montaña de nieve de 20 metros de altura. El barco había desaparecido. Lo buscaron dos días sin encontrar rastro alguno por lo que llegaron a la conclusión de que el desdichado se había hundido despedazado por la tormenta.
Cuando ya estaban preparando el regreso unos inuits, unos cazadores esquimales de focas, les traen una increíble noticia: han visto al barco a unas 45 millas de allí hacia el sudoeste. Si apenas creerlo, porque era imposible que los bancos de hielo que lo atenazaban se hubieran fundido, se dirigieron guiados por los esquimales y tras un duro caminar llegaron al lugar indicado y en efecto, allí estaba, aunque maltrecho, nuestro barco.
El capitán ordena sacar las pieles más valiosas y más tarde un avión los evacuaría dejando al Baychimo a su suerte con la seguridad de que hundiría entre los hielos.
Pasado el tiempo llegó a Vancouver un mensaje sorprendente. Unos inuits habían avistado al barco en las cercanías de la Isla de Herschel a 200 millas de donde se abandonó.
 

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El barco asombrosamente había iniciado un errático peregrinar por la leyenda histórica del Ártico.
En marzo de 1932 el cazador Leslie Melvin , se lo encontró a poca distancia de la costa. Subió a bordo y comprobó que seguía en sus bodegas el valioso cargamento de pieles pero al ir solo y sin equipo no pudo rescatarlas.
La empresa inició de nuevo su búsqueda sin encontrarlo; pero sí lo hizo un grupo de trabajadores de una empresa petrolífera que estaban haciendo prospecciones. Subieron a bordo y confirmaron lo dicho por Melvin.
A mediados del 1933 unos esquimales lo divisan cuando está a punto de estallar una tormenta. Se refugian en su interior durante los 10 días del virulento temporal.
A la compañía propietaria no cesan de llegar avistamientos y estancia a bordo de esquimales, navegantes, científicos, pilotos, exploradores, y aventureros que informaban que su antiguo barco , año tras año ,conseguía siempre escapar del hielo y sobrevivir a las tempestades surcando solo miles de millas de aguas heladas sin nadie a bordo.
 

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Las fuerzas de la naturaleza no podían con él pero tampoco el hombre era capaz de rescatarlo y así se convirtió entre los habitantes de la zona como el Uniak o El Fantasma del Ártico.
En 1969, o sea a casi cuarenta años después de haber sido abandonado, lo encontraron en Icy Cape pero ,haciendo honor a su leyenda, como no había ningún medio de rescatarlo dejaron al viejo y herrumbroso casco, aunque siempre vivo, que siguiera con su fantasmal deriva.
El Thalassa continuaba navegando a buen andar. El cielo ya tenía un color gris y era imposible conocer si estaba cubierto con nubes muy altas o estaba despejado, pero la mar ya tenía una tonalidad nacarada. A barlovento había una hilera de gaviotas que, sin mucho ánimo, se disputaban algún resto que flotaba y a sotavento el sol luchaba por salir con unos imperceptibles colores rosas imposibles.


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- Maestro, se sabe si el Baychimo todavía sigue a la deriva?
- Lo siento Trinquete, mira a estribor. ¿Qué ves?
- Tierra
- Pues la historia se ha terminado.