Capítulo 21   Zafarrancho de combate

 
El Thalassa  navegaba  adentrándose por la Ría de Huelva, y aunque el agua estaba erizada por pequeñas olas sin orden ni concierto; el viento, al contrario y cada vez con más intensidad, no dejaba de soplar desde el suroeste.
Por precaución la mayor tenía ya tomada dos rizos y la génova  iba enrollada en parte. Trinquete llevaba el timón; tenía la cara contraída porque el barco navegaba muy ceñido al viento y continuamente intentaba orzar para mantener el rumbo por lo que era necesario agarrar fuerte la rueda para no perderlo.
- Mira, Maestro, dijo Trinquete golpeado el cubichete esférico  transparente de la aguja : ¡Siempre diez grados clavados!
- ¿Seguro? ¡vete con cuidado!, estás orzando más de la cuenta.
- Perdón, dijo mientras rectificaba el curso. Es que la rueda tira como  si estuviera viva; siempre me lleva la contraria.
Botalón observó las velas, el pabellón, los catavientos de barlovento y se levantó súbitamente; echó una mirada a los relojes y dijo mirando a su sobrino:
- Llevas el barco en una posición incómoda y no vamos a ninguna parte.
Siempre te digo que mires la dirección de las lanillas de los catavientos que son los que indican realmente el viento que puedes aprovechar. Ya sabes: prolongas su dirección hacia popa junto con la de la crujía; en la mitad del ángulo que forman esas demoras deberías llevar las velas.
Anda, orza un pelín, que te lo voy a poner más fácil enrollando y poco más la génova. ¿Te parece?
Cruzaron la confluencia con el río Tinto y ya veían aparecer, como un negro gigante dormido surgiendo del serpenteante y blanco caserío de Huelva, la mecánica estructura del muelle de Río Tinto.
 

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Aquí las aguas estaban curiosamente llanas, como un lago, a pesar de la rasca que había en el exterior.
El barco avanzaba a su ritmo y sus tripulantes, sin apenar decirse una palabra, dejaba volar la imaginación en estas aguas que en tiempos pretéritos surcaron los sagaces comerciantes de Tiro y Sidón, que llegaron a bordo de sus veleros del otro lado del Mediterráneo, atraídos por las riquezas de Tartessos.
 
 
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Con ese sentimiento místico que sólo los navegantes conocen, con la imagen misma de un paraíso perdido y descubierto disfrutaban de la plena armonía cuando  de repente el estridente sonido del teléfono móvil de Trinquete, rompió la paz.
- Sí , Sí , está conmigo a bordo, ahora te lo paso, dijo Trinquete, y  mirando desconcertadamente a Botalón, alargó el brazo con el teléfono en la mano.
- ¿Quién es?... Ya…  A la altura del Balneario. Pero… es un mal día…  una media hora… de acuerdo … no te preocupes que viramos.
Soltó el teléfono descuidadamente sobre la bancada y se quedó pensativo mirando fijamente un punto indefinido del aguaje hasta que rompió el silencio:
- Ya sabes, Trinquete; no voy a discutir con tu padre. Nos espera en  Mazagón y quiere embarcarse. Vamos por él. Prepara la maniobra.
Alejandro se encontraba en el bamboleante pantalán de espera que estaba situado bajo los postes de la gasolinera cuyas banderas tremolaban haciendo un fuerte ruido, como si fueran látigos restallantes.
 

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El motor diesel se despertó con un quejido. Botalón, bajó las velas, dispuso todas las defensas en el costado de estribor y una vez a la altura del muelle ,viró e inició la maniobra dando marcha atrás; colocó la pala del timón en dirección a babor y con la mano en el mando morse iba corrigiendo el abatimiento del barco hasta que se puso paralelo al pantalán ; el viento lo aconchó al embarcadero con tal rapidez que Alejandro y su hijo, que había saltado al pantalán ágilmente, no pudieron  amortiguar con sus manos el golpetazo de las defensas contra el canto del pantalán.
- ¡Vámonos!, gritó Alejandro saltando a la plataforma de popa y  desentendiéndose de Trinquete que aún seguía en el pantalán.
- ¡No corras tanto! dijo Botalón, mientras se dirigía hacia proa y  lanzaba al pantalán un largo cabo, el viento afirma mucho el barco contra el muelle y no es tan fácil zarpar.
Luego le gritó a Trinquete: ¡Pasa el esprín por la bita que está a la altura de la  popa y vuélveme a dar el chicote; coloca todas las defensas en la amura hasta la misma proa y embárcate!
Botalón, dio marcha avante haciendo cabeza sobre el esprín y una vez que éste estuvo tenso, subió las revoluciones orientando la caña para girar hacia el muelle y así la popa del Thalassa  se separó del pantalán y cuando se puso en un ángulo casi perpendicular, se zafó el esprín y marcha atrás el barco navegó hasta situarse en el centro de la bocana.
Otra vez en la Ría, Botalón mantuvo su rumbo norte hacia el interior del Canal del Padre Santo proa a la boya verde número 9.
- ¿y por qué no salimos a la mar? Dijo Alejandro.
- Mira hacia popa; contestó Botalón, es absurdo meterse en ese berenjenal.
Aunque sobre sus cabezas el cielo estaba despejado hacia esa dirección cambiaba a unos amenazadores y oscuros cúmulos que se deslizaban bajo los estratos grisáceos.
La mar golpeaba contra el espigón y alocadas ráfagas de aire arrancaban las crestas de las olas. El espectáculo no era muy alentador.
 

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- ¿Entonces no tienes preparado el barco para un viento fresco?
- ¡Naturalmente! , pero una cosa es recibir mal tiempo navegando y otra cosa es navegar buscándolo.
- Pero yo sólo digo asomarnos un poco; tomar unas cuantas olas, ¿a que no es emocionante? ¿o es que a tus años ya tienes miedo?
- A la mar siempre hay que tenerle respeto, hermano, yo no estoy de acuerdo con ese rumbo. Pero si tu hijo te apoya… ¡vamos allá!
El Thalassa viró poniendo proa en dirección a la invisible boya de recalada oculta por las crestas de las olas.
- ¡Zafarrancho de combate! ¡ Vamos a flipar!, gritó Trinquete prolongando la erre final, mientras desaparecía por el tambucho para recoger y trincar cualquier tipo de objeto que estuviese suelto porque, por ejemplo, un bote de una simple crema de sol se podría convertir en un proyectil peligroso con el zarandeo que les esperaba; después cerró  los  portillos, cajones, portas, grifos de fondo de los lavabos, fregadero e inodoro. Levantó las panas para comprobar si había agua en la sentina para achicarla, conectó la radio en el canal 16 y por fin sacó tres trajes de agua con sus guantes, botas, y los respectivos arneses.
En cubierta, el tercer rizo ya estaba claro y preparado; Botalón ya había montado un estay largable en proa por si tuviera que enrollar toda la génova y poder sacar una trinqueta ,las planas líneas de vida ya recorrían los pasillos y había ajustado entre sus rieles las falcas del tambucho para evitar que el agua pasase al interior.
Los cabos ya estaban cada uno en su sitio dejando el enjaretado de la bañera limpio. El back ya estaba tensado  y la escota de la mayor cazada hasta donde el Thalassa  iba pidiendo.
Una vez terminados esos trabajos los tres en la bañera, ya con los trajes de agua enfundados con una lámpara de destellos, un silbato, una navaja en el bolsillo, el chaleco salvavidas y el arnés de seguridad enganchado a un punto sólido esperaban, excitados, las primeras olas que ya veían pocos metros de la proa.
Sobre cubierta no había nada suelto o que estuviese en peligro de irse al agua. El cabo del enrollador claro y su sistema perfectamente funcionando dispuesto a trabajar por si acaso subiera el viento.
En popa, la herradura salvavidas con su cabo listo y con la luz en funcionamiento.
Esta preparación y la seguridad que transmitía Botalón, que ahora iba al timón, hacía que, pese a la incertidumbre que generaba la mala mar que esperaban, fueran disfrutando de la navegación pero con sus venas palpitando llenas de excitación.
- ¡Vaya si esto es navegar! ¿A que tenía razón? , exclamaba Alejandro.
 

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La temperatura bajó varios grados, el sol se oscureció y las olas comenzaron a chocar entre ellas, se combinaban y saltaban cada vez más alto haciendo estremecer al barco que se quejaba con roncos sonidos del castigo que los pantocazos  le estañan dando.
Ya estaban al través del faro del espigón cuando una fuerte ráfaga sacudió las velas que crepitaron como ramas gigantes de pino al fuego y obligaron al barco, que generó espumarajos bajo su tajamar, a ponerse de través al viento.
El Thalassa escoró fuertemente con la guiñada y la borda se hundió en el agua; Botalón accionó rápidamente la rueda mientras el agua de una ola penetraba barriendo de sus asientos a padre e hijo, que empapados hasta los huesos, cayeron en la bañera totalmente inundada. El barco respondió lentamente para dar la popa a la siguiente ola mientras Alejandro chapoteando en el agua que aún no se había podido escurrir por los imbornales gritó:
 

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- ¡Curro, vámonos de aquí!
- ¡Demasiado tarde! .Hay que superar estas olas que se forman en la confluencia  del río con la mar y entrar con el mar de popa.
- ¡Pero es que nos vamos a hundir!
- No te creas, respondió con calma Botalón. Mantente tranquilo y agárrate fuerte.
El Thalassa salió ciñendo las enmarañadas e impetuosas olas que hacían subir y bajar la proa embarcando agua que corría por la cubierta, intentando deshacer el orden de los cabos de la maniobra, llegando de nuevo hasta la bañera.
Otra enorme ola cogió al barco de costado que escoró hasta tal punto que la cruceta rozó la cresta de este alocado maretazo mientras que la proa se hundía y volvía a salir dejando pasar, con un estremecimiento, el oleaje bajo la quilla.
Cuando pasaron la boya de recalada, La perspectiva cambió totalmente porque habían desaparecido las arrebatadas olas que generaban la confluencia de fuerzas opuestas de la fuerte marea del Atlántico y la corriente descendiente de la ría con lo que el barco arrumbaba obedeciendo prontamente las indicaciones del timón aunque navegaba en un mar de olas que desfilaban procedentes del sudoeste  y que zarandeaban el barco y hacían temblar la jarcia cuando golpeaban violentamente en la proa.
A Alejandro, totalmente empapado a pesar de su traje aguas, se le había desvanecido totalmente el entusiasmo. Miró a su hermano y con los ojos desencajados gritó con una pálida cara de súplica:
- ¿Y porqué no entramos en Punta Umbría? Así no tendríamos que cruzar otra vez ese infierno.
- Cuando cambie la marea , esas olas desaparecerán; es más ya  deberían estar desapareciendo. Además tendremos la mar por la popa que es una situación totalmente diferente a la que hemos pasado.
- ¿Por qué?
- Porque no podemos ir más rápido que el viento, yo trabajaría en el  timón para evitar las trasluchadas que se provocarían si las olas nos alcanzan por la popa de forma peligrosa; pero iríamos más cómodos más equilibrados y más rápidos. En un plis plas, estaríamos en Mazagón.
- No me fío… ¿Cómo no ir más rápido y llegar antes?
- Vamos Alejandro ; me parece que estás trastornado y no estamos  para clases de física .Ya sabes que cuando un barco está navegando crea su propio flujo de aire. En ceñida y través se suma al viento real y provoca mayor intensidad y es por eso cuando se da la maravillosa circunstancia de que un barco a vela navega más rápido que el viento. Pero ¿qué pasa cuando recibe el viento de popa?
- Pues que navega todavía más rápido, contestó  precipitadamente el
descompuesto  Alejandro, y frunciendo el entrecejo continuó : porque el viento lo empuja directamente; por eso se llama correr cuando un barco navega con el viento de popa.
- Eso es imposible, hermano.  Suponte que empezamos a navegar con  viento por popa de 15 nudos. Conforme vamos cogiendo velocidad el viento que vas percibiendo, que se llama aparente, va disminuyendo de forma que cuando el barco llegue a 15 nudos, las velas colgarán vacías.
- ¡¿Cómo!?
- A ver Trinquete, dijo Botalón con un tono casi apesadumbrado  sorprendiendo al muchacho que permanecía atento a la conversación con los ojos muy abiertos, en un barco con la popa a barlovento si el viento es de 10 nudos y el barco hace 6 nudos , ¿qué velocidad tendría el viento que en ese momento sentirías si estuvieras a bordo?
Trinquete miró a su padre cautelosamente pero con ese brillo en los ojos que se les pone a las personas cuando se le pregunta algo que les gusta.
- Sentiría en mi cara cuatro nudos de viento le contestó, mientras  sonreía y rápidamente guiñaba con desparpajo el ojo derecho.
Alejandro se quedó en suspenso buscando algún resquicio para seguir la discusión , pero el razonamiento le pareció demoledor ya que había recordado de repente los principios básicos de la aerodinámica. Se rehízo y contestó:
- Bien , tenéis razón. Yo no tengo miedo al barco y menos si está  gobernado por ti, Curro. Es más, creo que los barcos a vela suelen estar concebidos para aguantar todo siempre que se les adapte a las condiciones de mar y viento y tú, querido hermano,eres la persona más idónea para predecirlo y por eso siempre he dejado a mi hijo a navegar contigo a donde quiera que vayas; pero confieso que yo realmente prefiero la navegación tranquila y de vez en cuando; que me traigan y me lleven, por eso me he equivocado a casi obligarte a meterte en la mala mar que hemos pasado. Ha sido un arrebato irresponsable.
- Eso no tiene importancia. Navegar no implica siempre hacerlo con  buen tiempo y a los que nos gusta hacerlo, también disfrutamos poniendo a prueba nuestra adaptación a unas condiciones, digamos, más excitantes.
- Perdonadme pero tengo los nervios agarrados al estómago y me  siento realmente mal. Si no te importa, Curro, yo me quedo en Punta Umbría. Creo en todo lo que me dices, hermano, pero yo no vuelvo a Mazagón aunque esté la mar tan plana como una charca.
El Thalassa ya había superado la boya de recalada de la Ría de Punta Umbría y estaba aproando a la boya amarilla de El Manto. La temperatura estaba subiendo y comenzó a llover débilmente.
Atracaron ante el rojo edificio de Club Marítimo, dejaron a Alejandro en el pantalán y salieron de nuevo rumbo a la mar. Por el oeste ya se veía cielo despejado.
- Parece que mi padre se ha asustado, comentó Trinquete cuando ya el barco estaba saliendo del espigón. ¿Viste como besó los tablones del pantalán?
Botalón no respondió. Permaneció en popa callado agarrado al back estay como escuchando el rumor de la estela; al cabo del rato se volvió y señalando con la barbilla el oeste exclamó:”Horizonte claro con cielo nublado, buen tiempo declarado”.